En silencio, impactaron como dos proyectiles sobre el suelo.
Mi cuerpo también había caído. Mi cara reposaba sobre el frío pavimento desgastado por el transitar de la gente y, aunque practicamente ausente por mi estado, era capaz de oír el estruendo de las explosiones y el griterío de la muchedumbre.
Ocurrió tan cerca de mi rostro que éste quedo pulverizado.
Es la sangre la que cae y explota en el fragor de la batalla y que impacta más fuerte que un proyectil. Me gusta como describes ese "sabor metálico". Buen relato, Ingrid.
ResponderEliminarUn beso.
Mil gracias, Sara.
ResponderEliminarUn placer verte por aquí.
bss